miércoles, 28 de enero de 2015

La Reina de Corazones.



"A mi madre"




Érase y es, de una reina que nació pobre, creció pobre y seguramente, morirá pobre.  La dotó la naturaleza con dos preciosos dones: una gran inteligencia alejada de números y letras y una capacidad de amar infinita. Durante el transcurso de la vida de esta bella reina, destino y naturaleza se aliaron, haciéndole pasar por una serie de pruebas difíciles, desde bien pequeña, que desarrollaron en ella una fuerza interior sin parangón, de la que ella no ha sido consciente nunca, sólo perceptible para todos los que la rodeaban.

Transcurrido los años desde su nacimiento, cuando la reina alcanzó su lozanía, se cruzó en su camino un elfo, travieso y picarón, dulce a veces y amargo otras, pero que conquistó su corazón y poco a poco toda su existencia.

Fue tras la unión con el pícaro elfo, cuando la reina usó su infinito poder de amar e hizo el mejor presente que, para ella, podía retornarle a la naturaleza: 9 hermosos seres, a los que impregnó de todo su ser y a los que confirió unas magníficas capacidades, que debían cuidar y desarrollar a lo largo de su estancia en la tierra.

La reina, generosa como es ella, en una primera explosión de amor, engendró a dos seres que compartieron su seno para venir al mundo al mismo tiempo. Varón y hembra, débiles a simple vista pero fuertes de corazón, casi como una extensión de ella misma, a los que les regaló la capacidad de reunión y organización, para que pudieran hacer pequeñas grandes cosas.

Luego fueron viniendo los 7 restantes, más con prisa que con pausa, pero todos ellos en un perfecto orden y con unas maravillosas cualidades y capacidades, que los hacían diferentes y únicos.

La tercera criatura, hembra, recibió la entrega y el tesón, la cuarta, hembra también, recibió la dulzura, candidez y unas alas, quizás por eso decidió que esta tierra no era suficiente para ella y partió pronto, no sin antes dejar aquí a dos ángeles de luz, que prosiguieran el camino terrenal en su lugar. El quinto fue un varón, bien parecido y de aspecto fornido, pero con una sensibilidad tan grandiosa, que a veces le hace ser hermosamente frágil. La sexta criatura, hembra, cobró el bello don de la paciencia y la fuerza que otorga la capacidad de sacrificio. El séptimo fue de nuevo un varón, que siempre anduvo de puntillas por el mundo, como buen curioso y que recibió una imaginación sin límites. La octava, una hembra de armas tomar, fue dotada con el espíritu del inconformismo y de la lucha.  Y la novena, hembra también, no trajo un don específico, pero recibió el mejor regalo pensado, que no fue entregado esta vez por la reina, sino por las anteriores criaturas creadas por ella: el tiempo, los conocimientos, el amor y una pequeña parte del espíritu de cada uno de ellos.

En el ocaso de su vida terrenal, la reina, humilde, a veces mira atrás y se ve insignificante, se pregunta si su paso por esta vida habrá servido de algo, sin darse cuenta que cada uno de sus actos ha sido una hermosa dádiva. Que ha sabido gestionar como nadie los dones que la naturaleza y el destino le otorgaron, y ese es el mejor de los agradecimientos para con ellos.

Ahora les toca a esos seres que ella engendró, emularla, aprovechando y disfrutando esas cualidades recibidas, sacando el máximo partido de ellas, como simple acto de amor y gratitud.

Pero esas serán ya otras historias, otros bonitos relatos, que habrán de ser contados con el transcurrir del tiempo.

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