El jardín de Inés
Érase una vez una bonita pareja,
que vivía en una ciudad sin mar, justo en el centro de un cercano país.
Él era
un joven hombre de bien, un gran hombre en todos los sentidos, que derramaba
amistad allá por donde iba. Ella era una bella y delicada joven, cariñosa y
familiar, enamorada de las cosas bellas y con pasión por las flores.
Sin duda, estaban destinados el
uno al otro. El amor fue pícaro con ellos, se infiltró en sus corazones en
forma de amistad, pero poco a poco fue desplegando sus fuerzas y los atrapó sin
vuelta atrás.
Era inevitable que se unieran,
porque hay fuerzas que son imparables y lo celebraron en un sitio de ensueño,
lleno de flores, como ella siempre soñó.
Y la naturaleza, en
agradecimiento, les obsequió con el más bonito de todos los ramilletes jamás
pensados. Dos pequeñas flores brotaron del vientre de la bella joven, después
de los cuidados del mejor de los jardineros, su joven amado. Un lirio y una rosa,
predestinados a crecer juntos, con fragancias bien distintas, pero ambas
embriagadoras.
Pronto descubrieron que las
flores son delicadas, unas más que otras, pero era tan gratificante verlas
crecer que aprendieron a amar las delicadezas de cada una de ellas y esto le
unió aún más.
Es por eso, que el cielo y la
naturaleza se han aliado para proveerles de luz y energía, que seguro sabrán utilizar
para disfrutar de ese precioso pero difícil trabajo de hacer crecer a algo tan
delicado.
Y los que pasamos de puntillas,
lejos pero cerca, cerca pero lejos, seguro disfrutaremos también de asomarnos a
su precioso jardín.