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| A mis hijos |
El martes de esta semana he librado un duro asalto en un ring de los más difíciles, de los de alta competición: en el cuadrilátero de mi hogar. El miércoles aún andaba aturdida, el jueves me tambaleaba, pero el viernes retomé verticalidad y conciencia, y en estos momentos me encuentro apta para cualquier otro asalto. La batalla fue dura y el golpe fue directo a mi conciencia y se extendió como una onda expansiva hasta el corazón.
Esta batalla comenzó hace tiempo, cuando la adolescencia llamó a la puerta de mi casa por primera vez, pero se ha recrudecido en el último semestre. Mi contrincante se ha hecho grande y fuerte, y para las aguerridas luchadoras como yo, eso, más que darme miedo, me crece, porque me hace aprender. De hecho, el fin de esta batalla que libro no es otro sino el que mi contrincante se vuelva aún más grande y más fuerte, aunque sólo se dará cuenta cuando libre sus propias batallas, en sus propios rings.
Mientras transitaba por el proceso lógico que va desde el impacto hasta recobrar la consciencia, he vivido en una montaña rusa de sentimientos encontrados: amor-odio, firmeza-debilidad, convicción-inseguridad... Afortunadamente, al igual que en las atracciones, ese viaje no ha durado mucho y mis sentimientos han vuelto a tocar tierra.
Bien es cierto que, tras el asalto, han aparecido en mí heridas en partes invisibles, que seguro cicatrizarán, pero no es menos cierto que han dejado conocimientos, nuevos y frescos, sobre mi contrincante.
Lo mejor de todo, es ver cómo ha luchado, que no se ha quedado sentado en una esquina del cuadrilátero con miedo a salir, que se ha mostrado fuerte y valiente. Que ambos hemos tenido un excelente movimiento de piernas, nos hemos esquivado, nos hemos golpeado y aunque parezca mentira, ambos hemos ganado.
Sólo deseo que en resto de los rings de su vida libre sus asaltos con la misma valentía y que luche con inteligencia, aprendiendo de los contrarios, aprovechando sus movimientos y respetándolos e incluso admirando las virtudes que éstos puedan tener. Cuando tome conciencia de lo fuerte que es, verá que tendrá un público entregado y si pone empeño en extraer la esencia de cada batalla, cada vez será todo más fácil.
Muero por que recuerde que aquellos que nos hacemos a nosotros mismos tenemos más trabajo, pero también mayor regocijo. No siempre es necesario un entrenador, a veces, nuestros contrincantes nos brindan los mejores conocimientos.
Ahora sólo me queda curarme de esta batalla, seguir aprendiendo, amando hasta la muerte a mi bello contrincante y creer que este asalto y los que quedan por venir, le hagan fuerte y listo, y que no tenga dudas de que aquí estaré para librar con él mil batallas más, si fuera necesario.
